Una sonrisa millonaria.

Si la vida nos dedica humildemente una obra, no teatral, no de ficción, no cómica, sino simplemente real, tomemos un tiempo fuera de nuestro juego diario y, por favor, prestémosle atención.

- Se sube un hombre adulto, saludable y con una sonrisa en la cara, al colectivo en el que viajas. Capta tu mirada y tus oídos se dedican a escuchar su voz y su forma de hablar te entretiene. Al instante saca una soga, ¨Damas y caballeros, señores pasajeros, necesito un voluntario...¡Señora!, ¿me permite su cuello?¨ Una pregunta tan amable y con simpática actitud logra que la mujer, parada en el pasillo, suelte un alegre y entusiasta ¨¡Claro!¨. Ante las sonrisas de los espectadores, el sujeto continúa, pone la soga alrededor del cuello de su intrigada colaboradora, hace mímicas, ejemplificando un ahorcamiento, jugando y parodiando sobre la vida de una persona. El acto continúa junto con algunas risas y cierta incomodidad. Un par de chistes más y llega a su fin el espectáculo. El tipo pasa recogiendo el aporte voluntario de los pasajeros, recibe un poco, pero no lo que el considera lo suficiente, suelta un par de vulgaridades y maldiciones al aire y se baja.

No fue un día bueno para el actor.

En el paradero próximo, con el acto anterior fresco en la memoria de los viajeros, sube lentamente un pequeño, trece años a lo mucho, no sonríe, no habla y casi no puede mantenerse en pie, le cuesta caminar y su cuerpo parece no ir de acuerdo a su voluntad. Sostiene una bolsa de caramelos. No es difícil darse cuenta de que su salud no es de lo mejor, sino lo contrario. No es que no quiera sonreir, no puede. No es que no quiera hablar, no sabe que decir, tiene miedo. No es que no quiera sentarse a descansar, no quiere, porque está luchando, está viviendo, sobreviviendo. No ríe y por lo tanto no se ríen con él. No habla y por lo tanto no lo escuchan. Así, se mueve poco a poco. Nueve de diez personas lo ignoran, o peor aún, no lo ven, no lo quieren ver, no existe.
Llega a tu lado, te mira esperanzado, y ves ojos sinceros, puros, y desesperados porque les des la oportunidad de seguir viviendo. Le sonríes con nerviosismo pero sonríes al fin, y notas una mueca extraña pero hermosa en su rostro, no llega a ser algo definido pero es su sonrisa más grande, te está sonriendo de vuelta. Te inclinas para buscar una moneda en tu billetera, levantas la cabeza, estiras la mano y no está. Siguió su camino, volteas y lo ves bajando del bus.-

Entonces pienso y no entiendo, no entiendes por qué uno recibe y se molesta cuando el otro parece no recibir y ser feliz. Y de alguna forma no lo quieres entender nunca. Porque lo sientes y no importa más porque sabes que está bien.

No valores lo que puede ser más pero no quiere, o al que quiere tener aquello que no vale la pena.
Ama lo que crees que no puede, pero quiere.
Admira a aquel que ama vivir y que te demuestra que has nacido para sonreir.

Él no quería más que existir, no importa cómo ni con cuánto, no importa dónde ni para quién. Le sonreíste.

La vida mejoró para él.

Siente el orgullo de no necesitar los ojos ni las manos para apreciar algo. Ama, cree, escucha y ve con el corazón, porque lo puede todo.

Y luego dime si algo mejoró para ti también.


                                                        Mauricio de la Rosa García, Copyright ©

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